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Especulaciones en forma y color

Desde una mirada filosófica, la obra de la artista Alejandra Alarcón hace una propuesta discursiva muy compleja, especialmente por su crítica a las virtudes sociales

 

Óscar E. Jordán Arandia / Escritor

2017

Había una vez, en un lugar alejado, una niña llamada Caperucita, que sin temor se internó al bosque profundo, mató al lobo feroz y, de su piel, se hizo una capa.

 

En ese mismo lugar, una tal Rapunzel asfixió con sus larguísimas trenzas a un valiente príncipe que quiso rescatarla y luego se cortó el cabello para que nadie más lo intente. Además, se cuenta el relato de una princesa, que en lugar de desencantar con un beso a su príncipe que estaba convertido en sapo, decidió ponerlo en una licuadora, en afán de triturarlo hasta que se haga jugo.

 

Ese lugar donde ocurren semejantes cosas está en el imaginario poético de Alejandra Alarcón y el testimonio de ello está en los cuadros –además de videos, instalaciones y demás experimentos– que componen el conjunto de su obra.

 

Esos cuadros se vuelven testimoniales, no ya de un hecho real en el mundo sino de una secuencia de posibilidades infinitas en un imaginario poético y que se relacionan con el dolor, la vida y el reconocimiento de sí, es decir, la identidad.

 

El deseo, la inquietud de transformar a la cosa en una «forma con expresión” es natural a todo artista; pero el incorporar a esa intención un laberinto de sentidos a través de un discurso elaborado en serie es muy afín al quehacer del filósofo, más propiamente del sofista, que se encarga de educar y a la vez cuestionar las virtudes esenciales.

 

Alejandra Alarcón (Cochabamba, 1976) se llama a sí misma «artista visual”, pero no estoy de acuerdo. La obra define al artista y no viceversa y por eso las evidencias de 15 años de trabajo nos presentan a una especie de «sofista” cuyas palabras tienen color, forma y a veces hasta se mueven.

 

En la época de Sócrates y Eurípides (400-300 antes de Cristo) les llamaban sofistas a los que les interesaba el saber de las acciones humanas, las virtudes que denominaban areté como medio de educación y de influencia sobre los demás. Ellos analizaban y muchas veces cuestionaban los sentidos de las palabras.

La areté como virtud es la «expresión del más alto ideal de conducta”. Entender, cuestionar y transformar nuestras nociones actuales de virtud parece ser la tarea que emprende Alarcón, según el testimonio de sus propias obras.

Cosa, arte y artista

 

Cuando un objeto, por ejemplo, una tela, un papel o un pedazo de madera, se transforma en una obra de arte –debido a la intervención del artista– aparece en éste un universo paralelo cargado de sentido, la coseidad misma del objeto cambia y se devela en él un «algo” que dice, que expresa.

 

El poeta con un bolígrafo transforma el papel en poesía; el escultor, con un martillo y un cincel, hace lo mismo en la madera, convirtiéndola en una escultura. Y así, con la tela, el pincel y el pintor.

 

El artista hace que la cosa «diga”, insertándole un «algo” en su misma coseidad; ese «algo” es una forma que expresa. Ahora bien, eso que se expresa ¿es lo que el artista quiere expresar? ¿o ese «algo” se expresa a través del artista? En el primer caso, la obra sería una criatura del artista con el fin de que ésta exprese algo de sí mismo. En el segundo, habría una especie de daimon o demonio que se incrusta en el ánimo del artista y convierte a la cosa en una obra que expresa lo que el daimon quiere decir.

 

La filosofía no ha dejado de maravillarse ante esta transformación mágica de un objeto cualquiera en «algo” que expresa.

 

Tradicionalmente, la forma de hacer filosofía es a través de la palabra, pero ocurre que también es posible abordar desde el arte un problema filosófico. Es precisamente el caso de Alejandra Alarcón, cuya obra refleja un modo de hacer filosofía, en el sentido de plantear una postura existencial, nacida desde la misma experiencia del artista.

 

Las series y las temáticas

 

Alejandra Alarcón es una artista graduada en Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Pintura La Esmeralda, en México, con cientos de exposiciones en varios países de Latinoamérica y Europa. Además, tiene una licenciatura en sociología de la Universidad Mayor de San Simón.

 

Todas sus obras están concebidas en serie –tiene 16, desde 1994– porque, como ella misma lo dice, un cuadro es insuficiente para lo quiere decir, es necesario la cadena entera.

 

El hecho de concebir un discurso en varios cuadros es ya, de por sí, un intento de especulación, no desde una reflexión abstracta sino desde una acción estética.

Es evidente que una especulación filosófica puede ser planteada o sugerida desde un solo cuadro, pero las series de Alejandra Alarcón expresan todo el abordaje discursivo de un mismo tema pero desde distintas perspectivas.

 

En 15 años de carrera artística, los temas que se aborda en sus series son recurrentes, siempre se relacionan con la identidad, la sexualidad o las relaciones humanas, y siempre de manera conflictiva.

 

Desde sus primeras series –Caperucita la más roja (2006-2007), Blanca Nieves (2006-2007), Cindirellaending» (2010- 2011)– hasta en sus últimas producciones –Alicia y su abismo (2015) o El libro de la sangre (2017…)– Alarcón mantiene el mismo tono (ella habla en serie) y ahonda cada vez más en sus propias especulaciones que, como dijimos, no son abordadas desde la palabra sino desde las formas.

 

Su obra se caracteriza por tener una estructura basada en el concepto de rizoma, concebido por los filósofos Deleuze y Guattari, y que lo usan para caracterizar un modelo epistemológico en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquica sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro.

 

Aplicando el criterio de rizoma, Alarcón logró concebir en sus series una relación interdependiente pero a la vez totalmente complementaria. Esto es posible debido a que su obra no es puramente estética. Es argumentativa, pero prescindiendo de la palabra.

 

Es más abierta la interpretación que podríamos darle a un cuadro con la imagen de una niña desnuda cuyas extremidades se transforman en los tentáculos de un pulpo, que una serie de más de 10 cuadros que describen esa misma transformación, pero por partes y desde diferentes puntos de vista.

 

La diferencia entre insinuar y abordar un tema radica en su carácter especulativo, y el énfasis temático que produce un trabajo en serie no es el mismo que el de una sola obra, por más compleja que sea ésta.

 

Alejandra Alarcón es una de las pocas artistas que trabaja su obra con elementos recurrentes y al hacerlo, les otorga una significación más precisa.